El lugar secreto de los objetos

El fotógrafo Jesús García de Marina llegó a La Querida, cargado de objetos engañosos que parecen lo que no son. Porque a través de sus ojos tampoco una pipa es una pipa, por eso nos sentimos culpables mientras las comemos y nos caen lagrimones sin cáscara; sus imperdibles cortan mejor que unas tijeras, y una jeringuilla puede estar tan cargada de poesía que su pinchazo llega hasta el corazón. Con estos antecedentes creemos que García de Marina es un tipo peligroso, sin duda. Habrá que seguirlo de cerca.
                           
Y sabiendo cómo le gustan los objetos que parecen una cosa pero a saber qué acaban siendo, preparamos una serie de ellos: botones, tuercas, imperdibles, fósforos y mecheros...
Nidos abandonados, cartuchos vacíos, vías de tren en desuso, peces de bosque... bah, lo normal que se puede encontrar en cualquier cajón de La Querida.

Lo pusimos todo en el banco del huerto y escogimos, cada uno de nosotros, dos objetos. La elección era difícil, pues de ella dependía lo que pudiera resultar de estos seres inanimados y aparentemente inofensivos...

Como ya estábamos avisados de lo peligroso que puede resultar una  pipa, nos unimos de cinco en cinco formando equipos no fuera a ser que  saliera disparada una cáscara.

 El equipo de las niñas fue el más valiente y creativo, porque desde chicas saben bien que las cosas no son lo que parecen, sino como les parece a ellas, faltaría más.

                                                   
Y el huerto se llenó de tentadoras zangolotinas con coletas y patas de alambre. Que ya las quisiera yo para mí. Las patas digo.

Este equipo encontró un huevo, y ellos solos lo frieron y se lo zamparon sin quitarle los cascos, digo la cáscara. ¡Que egoísmo, diosmío!

                                     
El huevo adolecía de adolescencia. El típico güevo, vamos.

Aquí se vio enseguida que había un pez gordo al que echar el anzuelo, y este equipo sabía bien cómo confundir a besugos y merluzos.

                                      
Y hete aquí el momento exacto en que el pez gordo está a punto de morder el anzuelo.

Lo grabó todo un pequeño búho que tenía la cabeza dentro del agua.

El barullo se formó cuando un enorme huevo azul se posó en los zumaques del huerto. Unos decían que era un huevo de Carraca, pero los más entendidos opinaban que era un Globo Rugginoso. Y se quedaron así, tan panchos y sin darse importancia.

 Pero el huevo resultó de búho. Alguien lo quiso cazar, pero afortunadamente no púo.

Uno pensó que en este huerto tendría carta blanca, y apostó todo lo que tenía a que haría brotar un trébol de cuatro hojas. Creo que no barajó bien sus posibilidades.

 El que probó fortuna con el trébol lo intentó también asociándose a otros tres, y los puso a raya.

 Por el huerto nadó un rato el famoso pez piñonero. Dicen que todo él es sabroso aunque resulta un poco encorchetado.

Pero de pronto el pez salió cuco, eso sí: su canto era bellísimo y sus alas pura floritura nacarada

Y al final resultó que era un gallo Y, cuando el gallo cantó, de nuevo opinaron los enterados: que si era un gallo de monte, que si era más bien de corral, que la cresta un poco lomera, que si dónde quedó la cola, que vaya espolón que calza... Envidia, pura envidia.

Al atardecer apareció por el huerto de La Querida una hermosísima ballena tinta con sifón. La cola no se ve, pero no sabemos si es por el enfoque o por el drinki.

 Una vieja contó que había visto mariposear a los más duros en una vía muerta. Les oyó decir que iban a jugar a la ruleta rusa.

 Contó también la vieja que la mujer de uno de ellos se dio a la droga y la molicie y nunca supo dónde dejó las pinzas. Por eso le crecieron las cejas como le crecieron.

"Esto se está poniendo chungo, chunguete -pensó para sí el más rojeras de todos-, no contaba con los azules agrazapados del fondo. Bueno, con un poco de suerte son un piquete informativo".

Hasta a un indio Bocavía se le vio retransmitiendo para su tribu las extrañas criaturas que pululaban por el huerto. Dicen que tan mal vio las cosas aquí, que quiso enseñarnos la técnica de los guerreros de su tribu

 Pues sí, el indio nos convenció con facilidad, porque con tanta fauna extraña pululando por el huerto lo mejor sería echar mano de una cerbatana.

 Aunque hubo quien quiso echar otra cosa. ¡Pero hombre pordios que no es el momento!

La numerosa familia Pinzas del Tendal no pudo aguantar tanta locura y depravación y se fue a encargar el sexto hijo a París. Como diosmanda.
                                                     
A París no, opinó otro, yo a Plutón Verbenero, que allí también se encargan bien los niños.

"Eh, esperad, esperad, -dijo García de Marina-, antes de salir pies p'al quiosquero vamos a hacernos una foto".
¿A que parece que todo es armonía? ¡Ja!, ¡a mí me la vais a dar!