La chimenea


Qué importante es en una casa de pueblo. Con qué facilidad surgen las historias junto a ella. Qué gratificante encender su fuego, saber exactamente qué madera utilizar para el inicio, cuál para mantener el calor y cómo conseguir el mejor rescoldo para el brasero. ¡Qué invento, la chimenea!.


Ilustración: Marta Chicote


[...]Después de muerta la criada no se volvió a encender el fuego. El maestro se había quedado triste, y Alfanhuí no se atrevía a decir nada. Pero un día lo vio como con frío y le preguntó:
-¿Quieres que te encienda fuego, maestro?
El maestro se quedó un momento sorprendido y luego dijo que sí. Alfanhuí conocía bien la leña. Sabía los maderos que daban llamas tristes y los que daban llamas alegres; los que hacían hogueras fuertes y oscuras, los que claras y bailarinas, los que dejaban rescoldo femenino para calentar el sueño de los gatos, los que dejaban rescoldos viriles para el reposo de los perros de caza. Alfanhuí había aprendido a conocer la leña en casa de su madre, donde también se encendía fuego, y supo que el fuego de su maestro era como el fuego de los tíos maternos, de los viajeros que llegaban vestidos de gris. Así llegó Alfanhuí con un brazado de leña escogida y se puso a encender el fuego. El maestro lo contemplaba desde su silla. Lo veía agachado junto a la chimenea, atento a su trabajo, miró sus tranquilos ojos de frío alcaraván; vio, por fin, encenderse, viva y alegre, la primera llama de Alfanhuí y se le pusieron brillantes las pupilas y una sonrisa a flor de labios. Luego dijo:
-Nunca pensé, Alfanhuí, que llegarías a hacerme compañía. Para tu primer fuego, Alfanhuí, te contaré mi primera historia.
Y le gustaba mucho repetir el nombre de Alfanhuí porque él se lo había puesto. Luego empezó la historia ."

(Alfanhui / R. Sánchez Ferlosio)