De cuerpo presente (o el arte de ver)

Recomendado para ESO, Bachillerato y grupos de escritura




La muerte es un tema que suscita reservas, sin embargo  para apreciar la vida es importante profundizar en ella y aprender a conocerla. Porque vida y muerte siempre van unidas. De cuerpo presente o el arte de ver es un taller en el que se habla de poesía, de filosofía o de autopsias. Porque el trabajo que ejercen poetas, forenses y filósofos es similar y, a partir de ciertas ideas, todos hablan de lo mismo: de la vida y de la muerte.

Nadie se preocupa tanto por la muerte como los filósofos, los escritores y los forenses, que hacemos un estudio sistemático y exhaustivo de sus causas, tratando de analizar los más mínimos detalles para conseguir hacer hablar al muerto, lo que tiene una gran importancia judicial y sobre lo que gira, de forma fundamental, el quehacer forense. Ello nos hace amar apasionadamente la vida como valor supremo del hombre, pues llegamos a saber que un centímetro  más arriba o abajo, o que una fracción de segundo en un antes o un después, son vitales, aún siendo paradójico que de ello vaya a depender el poder seguir viviendo o no en algunas ocasiones. Y todo ello lo ha expresado Camilo José Cela en su magnífico “Informe de autopsia” (Mazurca para dos muertos), en el que hace compatible lo poético con lo científico, y es que los forenses somos unos poetas en potencia, por nuestra actitud vital ante la muerte y la vida.
(Lo que me contaron los muertos / José A. García-Andrade)

Para llegar a la escritura con éxito, es necesario, en cierto modo, conversar con los muertos (autores clásicos); y también, cómo no, con los vivos (autores contemporáneos), para después iniciar el viaje hacia el interior de nosotros mismos, de tal forma que aprendamos a  mirarnos por dentro hasta encontrar nuestra seña de identidad, nuestro estilo propio, para después sacarlo todo y volcarlo sobre el papel en una autoautopsia en la que el instrumental  utilizado serán la observación, la ética, la reflexión y  las preguntas.

(© Imagen: Olivier de Salazan)

Entró sin hacer ruido y sólo reparamos en la anciana cuando acarició con ternura los cabellos del muerto. Tuvo que apoyarse en la mesa de disección cuando nos miró uno a uno y, aunque no pronunció palabra alguna, por la actitud de mis compañeros creo que los tres comprendimos lo que nos pedía y cada uno rectificó a su modo: el repetidor le recompuso con cuidado la postura en decúbito supino, el profesor se quitó la bata y arropó al anciano con ella, y yo traté de ocultar la etiqueta numerada que colgaba del dedo gordo de su pie.
— Señora, su marido ¿se llamaba Pedro? —acerté a decir.
(Depósito de cadáveres / Isabel Castaño)